martes, 11 de septiembre de 2007

Vientos de agua

Cientos de películas a comentar, pero una solo que elegir,... y cuando tengo casi decidido comenzar la andadura de este blog con “Diarios de motocicleta”,... me decanto no por una película, sino por 13 a la vez, o lo que es lo mismo, “Vientos de agua”.

Dirigida por mi admirado Campanella, fue en el momento de su estreno la serie de televisión más cara de la historia. Así y todo, su tercer capítulo se emitió de madrugada... y fue retirada de parrilla nada más emitirse el cuarto. Tiempo después me enteré de que se podía comprar un pack bastante económico con la serie al completo y no podía faltar a mi cita casi anual con el director argentino.

Hay quien dice que lo peor de la serie son sus peores dos capítulos, que se equivocaron al elegirlos para estrenarla en televisión... mentira. Para mí esos dos capítulos son los que me engancharon, con la inocencia de los Alterio, la dulzura de Gemma (como para no enamorarse,... mañana mismo me pongo a estudiar italiano), recuerdos y visiones de países del Este,...

Una serie que discurre entre Buenos Aires, Madrid y la cuenca minera asturiana. Parece mentira que tras ver las penurias que tantos mineros asturianos han pasado a lo largo de 70 años siga yo empeñado en potenciar el carbón,... pero ese será un asunto a tratar en otro momento. La relación padre-hijo a durante 80 años, tan bien contada, en una serie por y para la inmigración, tanto de aquí para allí... como de “ashá para acá”.

Muchos los detalles que van dando forma a la serie, que van enganchando más y más a cada capítulo que uno ve, la belleza clásica (nada que ver con Ugarte) de Sophie, el carácter de la Goenaga, revivir la luna de Avellaneda, Juliusz y mis viajes por los Bálticos, por Budapest,... ese capítulo sobre los nazis, los rumanos en Madrid,... la impotencia, el amor, la dulzura,... Irte enamorando (cuántas veces van ya? pocas, quiero más,...) de la Etura, de la sorprendente Angie, de la hija de Ernesto,... pero sobre todo, de los Olalla, de joven y de viejo, la familia Alterio vuelve a salir a hombros, las muecas de joven, el poso de viejo,... nunca me cansaré de verles actuar.

Una serie muy como “El Salmón” de Calamaro, hecha con objeto de ser disfrutada con calma, sin prisa,... tratando de dejar que sea la propia serie la que imponga su ritmo, sin forzarla,... porque ya lo dice Andrés al final (en un capítulo asturiano épico, quiero volver a pisar esos valles), “¿por qué el tren va tan deprisa? Antes uno montaba en él para poder ver el paisaje,...”.